Hemos llegado a la sexta entrega de la serie. Si las cuatro primeras fueron las fórmulas folclóricas (calzoncillos, faldas, jamones, besugos) y la quinta las fórmulas firmadas por think tanks españoles, esta es la división de honor: las fórmulas que firma la academia internacional. Harvard. Johns Hopkins. Naciones Unidas. La New Economics Foundation. Instituciones con sede propia, tarjeta de visita y prestigio centenario.
Lo perturbador es que cuando uno mira de cerca, las trampas son exactamente las mismas que las del esfuerzo fiscal de Civismo. Solo que ahora vienen con tipografía elegante, citas en revistas con peer review y conferencias en el World Economic Forum. La desfachatez es idéntica; el envoltorio, más caro.
Antes de empezar, te respondo a la pregunta que me hiciste cuando empezamos la serie: ¿tiene sentido el índice de miseria? Como heurística política barata, sí; predice elecciones con sorprendente fiabilidad. Como medición seria del bienestar humano, no, en absoluto. Es la diferencia entre el canto del gallo (que predice el amanecer) y el reloj (que lo mide). Te lo desarrollo dentro, donde toca.
Vamos al catálogo. Todas las fórmulas que siguen están firmadas, publicadas, premiadas y enseñadas en universidades. Y todas, en mi modesta opinión, suman peras con manzanas con cara de circunstancias.
Tabla de contenidos
La fórmula: M_{Okun} = \pi + u, donde \pi es la inflación anual y u la tasa de paro, ambos en porcentaje.
Quién lo firma: Arthur Okun, profesor de Yale y presidente del Council of Economic Advisers durante la administración Johnson (1968-69). Lo creó porque, según la leyenda, el presidente Johnson le pidió “una forma fácil de tomarle la temperatura a la economía”. Okun se sacó una suma de la manga, le puso nombre, y aquí seguimos sesenta años después.
Cálculo para España al cierre de 2025 (inflación media anual del 2,7% y tasa de paro del 9,93% según el INE en enero de 2026): M_{España} = 2{,}7 + 9{,}93 = 12{,}63 Es la primera vez desde 2008 que España baja la barrera del 10% de paro y, mecánicamente, el índice se desploma respecto a años anteriores.
El problema: ya lo discutimos al principio de la serie, pero ahora tenemos una con fórmula. Estás sumando dos porcentajes que comparten unidad pero no base. El 9,93% de paro se calcula sobre la población activa (unos 25 millones de personas en España, según la EPA del cuarto trimestre de 2025). El 2,7% de inflación se calcula sobre una cesta de precios. No es el mismo “tipo de porcentaje”. Un punto de paro afecta directamente a unas 250.000 personas, de manera devastadora (pierden todo su salario). Un punto de inflación afecta nominalmente a 49 millones, pero suavemente y de forma desigual.
Encima sumas un stock (paro: cuánta gente está parada hoy) con un flujo (inflación: cuánto han cambiado los precios este año). Es como sumar tu saldo bancario actual con tu ingreso del mes pasado y llamarle “salud financiera”. Cada cifra significa algo. El resultado, nada.
El estudio que lo confirma: Di Tella, MacCulloch y Oswald publicaron en 2001 un paper analizando encuestas de bienestar subjetivo en Europa y EEUU. Conclusión: la gente cambiaría un punto de aumento del paro por 1,7 puntos de inflación. Es decir, el paro produce 70% más malestar por punto. Si la fórmula reflejara la realidad psicológica, sería: M_{corregido} = \pi + 1{,}7 \cdot u
Para España: 2,7 + 1,7·9,93 = 19,58. La miseria real es bastante mayor de lo que dice el indicador clásico (12,63). Casi un 55% más cuando aplicas el coeficiente empírico de la literatura. Por eso el índice oficial te dice que España ha mejorado mucho en 2025, pero la calle no acaba de notarlo: la fórmula está infraponderando precisamente lo que más duele.
Por qué sobrevive: porque predice cosas que importan. Bloomberg documenta que el índice ha acertado 15 de las 16 últimas elecciones presidenciales estadounidenses cuando se mide en octubre del año electoral. Un paper de Hooi Hooi Lean encuentra que también correlaciona con la criminalidad un año por delante. Como heurística predictiva, funciona. Como medición del bienestar, no.
Esto es importante: el canto del gallo predice el amanecer y no lo mide. El índice de miseria está más cerca del gallo que del cronómetro. Y eso está bien, mientras nadie pretenda que tiene un cronómetro.
El indicador correcto: ninguno único. Si quieres medir bienestar agregado, publica dashboards multidimensionales (paro, inflación, salarios reales, deuda hogares) sin agregarlos. O al menos pondera empíricamente. Pero entonces no hay titular.
La fórmula:
M_{Barro} = \pi + u + i_{30} - (g - g^*),donde $i_{30}$ es el tipo del bono a 30 años, g el crecimiento real del PIB y g^* el crecimiento tendencial de largo plazo.
Quién lo firma: Robert Barro, Harvard. Año 1999. Lo propuso para “mejorar” a Okun añadiendo el coste del crédito y la dinámica cíclica.
El problema: Barro tuvo el mérito de notar que el malestar económico es más que paro e inflación. La solución que propuso fue sumar dos cosas más, en lugar de cuestionar la suma. Ahora tienes cuatro magnitudes con bases distintas: paro (sobre activos), inflación (sobre precios), tipo de interés (sobre saldos de deuda) y brecha de crecimiento (sobre PIB). Cuatro porcentajes, cuatro universos distintos. Has multiplicado por dos los problemas de Okun, no los has resuelto.
Y la joya está en el último término, g^*, el crecimiento potencial. Ese número no se observa: se estima. Lo estiman el FMI, la Comisión Europea, la OCDE, cada uno con su modelo. Reescriben las cifras del pasado cada año. Es decir, parte de la “miseria” depende de qué economista te diga cuál habría sido el crecimiento ideal del país. Cambia esa estimación y cambia la miseria. La miseria de Barro es la única magnitud económica que puede cambiar retrospectivamente, como el clima de Roma en el siglo I si descubrieran un nuevo tipo de termómetro.
La fórmula: HAMI = 2u + \pi + i_b - g_{pc}, donde u es paro, \pi inflación, i_b tipo bancario y g_{pc} crecimiento del PIB per cápita real.
Quién lo firma: Steve Hanke, Johns Hopkins, en colaboración con el Cato Institute. Publica cada año el “Hanke’s Annual Misery Index”. La edición 2025, publicada en Fortune en abril de 2026, abarca 178 países y declara a Venezuela el país más miserable del mundo con un HAMI de 556,49, seguido por Sudán, Turquía, Irán y Argentina. Taiwán, por segundo año consecutivo, es el “más feliz” con un HAMI de 2,1.
Cálculo para Venezuela 2025 (con los números del propio Hanke): HAMI_{Ven} = 2 \cdot 35{,}1 + 475{,}3 + 9{,}4 - (-1{,}6) = 556{,}5. Este número colocó a Venezuela como el país más miserable del mundo en 2025, un salto descomunal desde el sexto puesto de 2024. La explicación de Hanke: “el régimen de Maduro robó las elecciones presidenciales de julio de 2024 y reprimió por la fuerza a la oposición democrática, desatando una nueva ola de sanciones internacionales que cortaron los ingresos del petróleo y enviaron al bolívar a caída libre”.
Argentina, por su parte, bajó del segundo al quinto puesto en 2025 con un HAMI de 88,4 (frente a 195,9 en 2024). Hanke lo atribuye al programa de Milei: la inflación cayó del 118% al 31,5% y el PIB per cápita creció un 4%.
La joya del catálogo: Hanke reconoce por escrito que su fórmula cuenta dos veces la inflación. Cito literalmente del propio Cato Institute: “Algunos podrían protestar que la tasa de inflación y el tipo de préstamo bancario están correlacionados, y por tanto el HAMI cuenta dos veces la inflación efectiva. Igual que con la duplicación del peso del desempleo, esto es por diseño. La lógica está enraizada en la aversión a las pérdidas: las personas perciben las pérdidas como más significativas que las ganancias.”
Léelo despacio. Hanke admite que duplica el paro porque sí y cuenta dos veces la inflación porque sí, y lo justifica con un argumento psicológico legítimo (aversión a pérdidas, Kahneman y Tversky) pero sin tomarse la molestia de usar el coeficiente empírico (1,7, Di Tella et al.). Eligió el 2 porque le pareció bonito.
¿Por qué duplicar y no triplicar? Sin explicación. ¿Por qué duplicar el paro y la inflación pero no el crecimiento? Hanke dice: “Eso es por lo que el crecimiento del PIB per cápita real no se duplica”. Es decir, “no se duplica porque no”. El argumento se autofundamenta.
El sesgo direccional del HAMI: el indicador castiga sistemáticamente a países con políticas monetarias laxas, populistas o con conflictos internos (Venezuela, Sudán, Turquía, Irán, Argentina antes de Milei) y premia a países con disciplina monetaria estricta (Taiwán, Suiza, Tailandia, Vietnam). Es elocuente que de los 20 países más miserables de 2024, 17 sigan en el top 20 de 2025: el indicador es muy estable, lo que sugiere que lo que mide es más “tipo de régimen económico” que “miseria coyuntural”. No estoy diciendo que esa valoración sea incorrecta. Digo que el indicador codifica una visión económica y la presenta como medición neutral.
Por eso Steve Hanke gana publicaciones en National Review, Fortune y Statista todos los años. El HAMI es excelente periodismo económico de combate. Es mala medición de bienestar.
La fórmula (aproximada): BMI = \text{Win Rate}\ (\%) + \text{Volatilidad}
Quién lo firma: Tom Lee, Fundstrat Global Advisors. Año 2018.
El problema: este indicador hereda el nombre del Misery Index pero no tiene nada que ver con la miseria humana. Lo que mide es el sentimiento del mercado de Bitcoin: cuando los traders ganan poco y la volatilidad es alta, “el mercado sufre”. Lee recomienda comprar cuando el índice está bajo (entre 0 y 27) y vender cuando está alto (entre 67 y 100).
Es un indicador inversor con nombre prestado. Suma win rate (porcentaje histórico de operaciones rentables) con volatilidad (desviación estándar de retornos). Ambos son porcentajes, pero significan cosas completamente distintas. Es como sumar tu porcentaje de aciertos al baloncesto con la humedad del aire de tu ciudad: tienen unidad común, pero ninguna relación causal.
El verdadero servicio que presta: demuestra que la marca “miseria” vende. Por eso un indicador de mercado de criptomonedas hereda el apellido. Si Tom Lee hubiera llamado a su indicador “Bitcoin Sentiment Composite”, nadie lo citaría. Llamándolo Misery Index, los periodistas lo retoman cada vez que el bitcoin tose. El nombre es la estrategia.
La fórmula: IDH = \sqrt[3]{I_{salud} \cdot I_{educación} \cdot I_{renta}}. Donde cada subíndice se normaliza entre 0 y 1 con valores máximos y mínimos predefinidos por el PNUD.
Quién lo firma: Mahbub ul Haq y Amartya Sen (premio Nobel de Economía 1998), en el seno del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (UNDP). Año 1990, con la fórmula actual desde 2010.
Cálculo para España según el informe PNUD publicado en mayo de 2025 ([con datos de 2023): IDH_{España} = 0{,}918. Este valor sitúa a España en el puesto 28 del mundo, entre Israel y San MArino, dentro de la categoría de “desarrollo humano muy alto”.
El problema más elegante del catálogo: la matemática aquí no es absurda. Es una media geométrica, no una suma. Y tiene una propiedad bonita que sus defensores destacan: penaliza el desequilibrio. Un país con 0,9 en todo saca 0,9. Un país con 1,0 en dos cosas y 0,5 en la tercera saca 0,79. Te obliga a ser bueno en las tres.
Pero hay tres trampas escondidas debajo de la fórmula elegante.
Trampa de las tres dimensiones. ¿Por qué salud, educación y renta y no otras? ¿Dónde está la libertad política? ¿La desigualdad? ¿La calidad medioambiental? El PNUD las justifica diciendo que son “universalmente reconocidas”. Quizá. Pero la elección es ideológica. Si añadieras la libertad política como cuarta dimensión, China bajaría 30 puestos. Si la quitas, China sube.
Trampa de las normalizaciones. La esperanza de vida se normaliza con mínimo 20 años y máximo 85 años. ¿Por qué 85? Porque alguien lo decidió. Si fuera 90, todos los países desarrollados bajarían. La renta se normaliza con mínimo 100$ y máximo 75.000$ en escala logarítmica. ¿Por qué logarítmica? Porque “los ingresos extra rinden bienestar decreciente”. Bien, pero ¿con qué tasa de descuento? La elección es moral, no técnica.
Trampa del peso 1/3. La media geométrica de tres factores da implícitamente un tercio de peso a cada uno. ¿De verdad vivir 10 años más vale exactamente lo mismo que escolarizar a la población 10 años más? Son cosas radicalmente distintas. Agregarlas con peso igual es una decisión moral disfrazada de matemática.
Mi opinión: el IDH es el indicador compuesto más honesto del catálogo, porque publica sus subcomponentes. Puedes mirar el subíndice de salud sin el agregado. Pero la cifra final que aparece en titulares (“España: 0,918, puesto 28 del mundo”) sigue siendo una agregación ideológica. Si Islandia encabeza el ranking y España queda en el puesto 28, no existe forma neutra de decir que Islandia “está mejor”. Hay forma de decir que un índice con estas ponderaciones específicas dice eso. De hecho, Estados Unidos ocupa el puesto 17 a pesar de ser la economía más rica del mundo: el IDH penaliza la baja esperanza de vida estadounidense, lo cual es una decisión metodológica defendible, pero decisión al fin y al cabo.
Indicador alternativo: el propio PNUD ya publica versiones ajustadas por desigualdad (IDH-D), por género (IGD) y por presiones planetarias (PHDI). Lo correcto es citar varios, no uno.
La fórmula simplificada: HPI \approx \frac{Bienestar \cdot Esperanza\ de\ vida}{Huella\ ecológica}
Quién lo firma: New Economics Foundation (NEF), un think tank británico con sede en Londres. Año 2006.
El resultado: Costa Rica ha estado en primer puesto durante varios años. Vanuatu fue primero en 2006. EEUU, puesto 108.
El problema: este indicador es probablemente el ejemplo más claro del catálogo de multiplicar y dividir cosas con unidades incompatibles. Vamos a verlo:
Multiplicas una opinión subjetiva por años de vida y divides por hectáreas. La unidad resultante es “años-puntos de opinión por hectárea global”. Es indescifrable.
Pero lo realmente cómico es el resultado: como la huella ecológica de los países pobres es pequeña, países con bienestar moderado pero baja huella suben en el ranking, mientras países ricos con alta esperanza de vida y bienestar alto bajan. Los críticos lo han documentado: para que EEUU igualara a Vanuatu en 2006, habría tenido que tener “esperanza de vida de 439 años y bienestar universal”. O sea, matemáticamente imposible, salvo decreciendo.
Esto no es accidental. La NEF es una organización que aboga políticamente por el decrecimiento. El HPI codifica esa posición ideológica en la fórmula y la presenta como medición objetiva. Igual que el HAMI codifica el liberalismo monetario de Hanke. Cada fórmula tiene un sesgo, y ese sesgo no está en los datos: está en la operación.
La fórmula: GPI = C_{adj} + G + W - D - S - E - N
Donde:
Son 26 indicadores distintos agregados en estos siete términos.
Quién lo firma: Clifford Cobb, Ted Halstead y Jonathan Rowe, del think tank Redefining Progress. Año 1995. Se ha calculado para EEUU, Australia, Austria, Canadá, Chile, Francia, Finlandia, Italia, Países Bajos, Escocia y Reino Unido. Hawái lo publica oficialmente desde hace años.
El problema: este es el caso más ambicioso y por tanto el más vulnerable. Los autores reconocen el defecto del PIB (que no resta los daños del crecimiento) y proponen una corrección. La intención es noble. La ejecución tiene tres trampas.
Trampa de la monetización forzada. Para sumar y restar todo hay que ponerlo en dólares. Pero, ¿cuánto vale en dólares “el coste del crimen”? ¿O “el tiempo de ocio perdido”? ¿O “la ruptura familiar”? Los autores asignan valores monetarios usando metodologías discutibles (coste de oportunidad, disposición a pagar, valor estadístico de la vida). Cada valoración es una decisión moral disfrazada de cálculo. Cambia las valoraciones y cambia el GPI.
Trampa del doble conteo. El consumo personal ya incluye los gastos defensivos. Pero los autores los separan como término negativo. ¿Comprar una alarma para casa es consumo (mejora mi vida) o defensa (me protejo de algo)? ¿Y un seguro médico? La frontera es porosa y cada decisión sesga el resultado.
Trampa del horizonte temporal. Restar la depreciación del capital natural exige saber cuánto vale ese capital natural. Para recursos no renovables hay metodologías. Para biodiversidad degradada, las estimaciones varían en órdenes de magnitud.
Mi opinión: el GPI es honesto en la intención y deshonesto en la presentación. Como dashboard de 26 indicadores sería muy útil. Como número único en dólares constantes, simula una precisión que no tiene. Cuando un informe dice “el GPI de California cayó un 3,2% mientras el PIB crecía un 2,1%”, el lector cree estar ante una medición. Está ante una estimación con tantos parámetros que casi cualquier resultado es defendible.
Si has leído los seis casos, habrás notado que el problema de fondo es siempre el mismo, con variantes elegantes:
La pregunta de fondo no es por qué están mal construidos los indicadores. Es por qué sus propios autores, que conocen los problemas, los publican igualmente. Tres razones, ninguna inocente:
Termino con la reflexión que llevamos seis entregas mereciendo. Hay una diferencia importante entre medir y agregar. Medir es comparar una magnitud con un patrón. Mides la temperatura con un termómetro porque hay un fenómeno físico común (dilatación de mercurio, resistencia eléctrica) que se correlaciona con lo que llamas calor. La medición tiene un referente.
Agregar es otra cosa. Cuando sumas paro e inflación no hay un fenómeno físico común. Hay dos fenómenos sociales que afectan a personas distintas de forma distinta, y los combinas mediante una operación matemática que decides tú. El resultado no se mide: se construye.
Esto no es necesariamente malo. Construir indicadores tiene utilidad: te da heurísticas, comparaciones gruesas, puntos de partida. El error es confundir construcción con medición. Cuando un titular dice “España es el cuarto país más miserable de Europa”, el lector cree estar ante una medición. Está ante una construcción que depende de una fórmula concreta, hecha por personas concretas, con prioridades concretas.
La pregunta correcta no es “¿es este indicador correcto?”. La pregunta es “¿qué visión del mundo está codificada en esta fórmula?”. Una vez identificada esa visión, puedes decidir si la compartes. Si la compartes, el indicador te será útil. Si no, te será propaganda con apariencia matemática.
Y, volviendo a la pregunta inicial: el índice de miseria de Okun tiene sentido como heurística política barata, sirve para predecir elecciones porque captura el sentimiento agregado, igual que un termómetro de mercado capta pánico bursátil sin medir nada profundo. Como medición del bienestar de un ciudadano, no tiene sentido. La diferencia entre estas dos cosas es lo único que separa la economía aplicada honesta de la propaganda con fórmula.
Seis entregas, decenas de indicadores, miles de palabras dedicadas a una conclusión modesta: leer un titular económico con dos preguntas en la cabeza puede ahorrarte una década de creerte cosas que no son. Las dos preguntas:
Si después de leer esta serie miras un indicador económico y te haces esas dos preguntas antes de tragarte la cifra, este trabajo habrá merecido la pena. Y lo que es más importante: probablemente leerás bastantes menos titulares económicos a partir de mañana.
Lo cual, dada la calidad media del periodismo económico, es un servicio público.
Todas las publicaciones de la serie El bestiario de los indicadores económicos absurdos:
Nota: Las imágenes de este artículo fueron generadas utilizando un modelo de inteligencia artificial.
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