Cualquier país desarrollado tiene sus propios indicadores folclóricos. España, por motivos que tienen mucho que ver con nuestra estructura económica histórica —dependiente del ladrillo, del turismo y de la mesa—, ha generado una colección particularmente rica. Si en Estados Unidos miden la confianza del consumidor con calzoncillos y en Reino Unido con alubias en lata, aquí lo hacemos con percebes en Nochebuena y jamón ibérico exportado a Shanghái.
Lo que sigue es un catálogo casi etnográfico de los indicadores españoles que la prensa económica cita cada año con cara seria. Algunos son tan reales que los publica el Ministerio de Industria. Otros son pura tradición periodística, diciembre tras diciembre. Y unos cuantos son tan elocuentes que casi merecerían sustituir al PIB.

Esta entrada continúa la serie El bestiario de los indicadores económicos absurdos, que contiene los siguientes artículos:
- La caverna del consumo, o cómo Greenspan miraba calzoncillos para hacer política monetaria
- La vanidad del paisaje, o por qué un becario sale a contar grúas a Manhattan
- Augurios deportivos y portadas malditas, o cuando The Economist predice mejor al revés
Tabla de contenidos
- 1 El Consumo de Cemento, o cómo medir España con polvo gris
- 2 La Cesta Navideña de la OCU
- 3 El Precio de las 12 Uvas de Nochevieja
- 4 El Jamón Ibérico en China (o cómo predecir la economía asiática desde Salamanca)
- 5 El Indicador del Cava
- 6 El Indicador del Menú del Día
- 7 El Gasto Medio en Lotería de Navidad
- 8 El Indicador de las Grúas en Madrid (y su versión moderna: Idealista)
- 9 El Indicador del Turista de Litoral
- 10 Conclusiones
El Consumo de Cemento, o cómo medir España con polvo gris
Es el indicador económico español por excelencia. No es exactamente absurdo —lo publica el Ministerio de Industria y lo usa el Banco de España—, pero los números que ha producido en las últimas dos décadas son tan dramáticos que el propio indicador se ha convertido en un personaje del ciclo económico, casi en narrador de la trama.
Las cifras. En 1992 España consumía unos 26 millones de toneladas de cemento al año. En 2007, en el pico de la burbuja inmobiliaria, 55,8 millones de toneladas. Para hacerse una idea: más cemento que cualquier otro país de Europa, incluida Alemania, con una economía dos veces y media mayor. Por cabeza, España fue durante una década el primer consumidor mundial de cemento.
Luego vino el desplome. En 2013 el consumo cayó a 10,72 millones de toneladas. Es decir, una caída del 81% en seis años. Si esto fuera una serie temporal de tu peso corporal, los médicos te habrían declarado clínicamente muerto. Las cementeras españolas pasaron de no poder atender pedidos a cerrar fábricas. Hoy estamos otra vez en torno a 14-15 Mt anuales, con previsiones moderadamente al alza por la presión del déficit de vivienda y los fondos europeos.
La belleza del cemento como indicador es que no se puede falsear. A diferencia del IPC, construido con cestas y ponderaciones, o del PIB, lleno de ajustes, las toneladas de cemento son exactamente eso: toneladas de cemento. Si las cementeras venden, hay obra. Si no, no. Por eso Oficemen publica cada trimestre su “Barómetro del Cemento” y la prensa económica lo cubre con la misma atención que el dato de paro.
Es probablemente el único indicador del mundo que ha sido a la vez causa y víctima de una crisis. Durante el boom se citaba como prueba del milagro español; durante la crisis, como prueba del desastre; ahora, como señal de recuperación. El mismo número, tres interpretaciones. Los mismos polvos.
Cada diciembre la Organización de Consumidores y Usuarios publica el precio medio de los productos típicos de la cena de Nochebuena, comparado con el año anterior. La cesta incluye besugo, percebes, almejas, langostinos, jamón ibérico, cordero lechal, lubina, merluza, ostras, granada, piña, lombarda, pavo, redondo de ternera. Es decir, comida que los españoles consumimos esencialmente durante cuatro días al año y a la que el resto del tiempo apenas prestamos atención.
Y, sin embargo, la cesta navideña se ha convertido en el termómetro inflacionario oficioso del país. Cuando suben los percebes un 21% interanual, los telediarios abren con ello. Cuando bajan las angulas un 3%, aparecen artículos esperanzadores. La economía española se mide, durante dos semanas al año, en kilos de pescado caro.
El dato real de 2025: la cesta navideña se había encarecido un 59% en diez años, con el besugo disparándose y los percebes pulverizando récords históricos. El problema es que el IPC general en el mismo periodo subió mucho menos. ¿Qué significa esto? Que la cesta navideña no mide la inflación general; mide la inflación de productos estacionales, con oferta limitada y demanda concentrada en dos semanas. Es estructuralmente un indicador roto: en realidad mide la elasticidad de los pescadores gallegos en las semanas en que saben que vas a comprar como sea.
Lo cual no impide que cada año la OCU lo publique, los periódicos titulen “El besugo se dispara un 180%” y se generen tertulias enteras analizando si el percebe es o no un indicador adelantado de la presión inflacionaria.
El Precio de las 12 Uvas de Nochevieja
Cada 31 de diciembre los españoles tomamos doce uvas al ritmo de las campanadas. Las uvas se venden en estuches específicos durante dos semanas al año. La oferta es perfectamente predecible —no es un cultivo de ciclo corto; el productor sabe en abril cuánto va a vender en diciembre— y la demanda también: 47 millones de personas tomando doce uvas cada una son unos 564 millones de uvas, año tras año.
Lo interesante es que el precio del estuche oscila salvajemente. Algunos años cuesta 1,50 euros; otros, 4,80. La prensa cita estas variaciones cada diciembre como indicador de algo: del coste de vida, de la inflación alimentaria, del optimismo del consumidor. En realidad mide la habilidad de Mercadona y Carrefour para ajustar márgenes en un producto cuya elasticidad de demanda es prácticamente nula, porque, cueste lo que cueste, vas a comprar las uvas. ¿Vas a ser tú el español que no las tome?
El indicador funciona como termómetro del oligopolio de la distribución, no de la economía real. Pero el titular —“Las uvas de Nochevieja se encarecen un 30%”— funciona demasiado bien. No es un indicador. Es un caso de estudio de pricing.
El Jamón Ibérico en China (o cómo predecir la economía asiática desde Salamanca)
Este es para enmarcar. Las exportaciones de jamón ibérico a China se han utilizado seriamente, en informes del ICEX y de bancos de inversión, como indicador del crecimiento de la clase alta china.
Los números son extraordinarios. Las exportaciones crecieron un 408% entre 2013 y 2018, y siguieron aumentando después. En China, donde el jamón puede alcanzar los 450 euros el kilo, se percibe como “shishang”, básicamente “chic”. Hay millones de consumidores potenciales para los que una pata negra es un símbolo de estatus.
La lógica no es absurda: es un bien de lujo no esencial, su consumo crece con la renta disponible y la clase media-alta china es uno de los grandes motores económicos globales. Si compran jamón, hay dinero. Si dejan de comprarlo, hay problemas.
El problema es otro: se cita como indicador macroeconómico cuando en realidad mide, en buena parte, la eficacia de las campañas de promoción de ASICI. Cuando hay gira de chefs y marketing institucional, las ventas se disparan; cuando no, se moderan. Lo que se está midiendo no es China, sino el presupuesto promocional de una asociación gremial.
Aun así, sigue citándose](https://www.elperiodico.com/es/economia/20260430/jamon-espanol-bate-record-exportaciones-129723756).
El Indicador del Cava
Versión patria del champagne. Las ventas de cava —principalmente catalanas— se utilizan como termómetro del optimismo navideño: suben en bonanza, bajan en crisis.
El problema es que el indicador quedó atrapado en una guerra cultural-comercial. Tras el procés de 2017, el boicot al cava en parte de España disparó el consumo de espumosos alternativos. El dato dejó de reflejar la economía y pasó a reflejar sustitución de consumo.
Es un caso clásico: cuando cambia la naturaleza de lo que se mide, el indicador deja de funcionar. Pero el dato siguió citándose como si nada hubiera pasado. La realidad cambió; el indicador no.
El Indicador del Menú del Día
Este es excepcional. El menú del día —primer plato, segundo, postre, bebida, pan y café— es una institución gastronómica única en Europa. Y, como toda institución, alguien ha decidido convertirla en indicador .
El precio medio rondaba los 11 euros antes de la pandemia; hoy está en 13-14, con diferencias importantes entre ciudades. Varias asociaciones hosteleras publican datos. Cada subida de 50 céntimos genera titulares.
El problema metodológico es profundo: el menú del día está desapareciendo. Cada año cierran bares tradicionales y abren locales de carta libre, brunch o franquicias. La media se calcula sobre una muestra cada vez más sesgada hacia los supervivientes, generalmente en barrios obreros o polígonos. No mide la inflación de la comida; mide la velocidad de desaparición del bar de toda la vida.
Pero suena tan reconocible que el dato sigue publicándose con la solemnidad de un IPC paralelo.
Cada año se publica con solemnidad el gasto medio en Lotería de Navidad por español. En 2023 fue de 71,67 euros per cápita. La prensa lo lee como indicador de la confianza del consumidor: si los españoles arriesgan más en Lotería es porque están más optimistas (o más desesperados, dependiendo de la pluma del periodista).
El problema lógico es delicioso: ¿es la Lotería de Navidad un signo de optimismo o de desesperación? Si crees que vas a ganar, eres optimista. Pero, si compras décimos como acto religioso porque “no se puede no jugar”, es ritual cultural. Si compras porque crees que es tu última esperanza, eres desesperado. Las tres lecturas son consistentes con los mismos datos.
Empíricamente, las ventas de Lotería de Navidad suben en crisis económicas. La interpretación que se dio durante 2008-2013 fue “los españoles se aferran a la última esperanza”. Por otro lado la interpretación durante el COVID fue “los españoles se aferran a la última esperanza otra vez”. La interpretación en 2024-2025, con la economía creciendo, fue “los españoles ven el futuro con optimismo”. Tres ciclos opuestos, tres interpretaciones convenientes, el mismo dato.
Es probablemente el indicador económico más perfecto de España: dice lo que necesites que diga.
El Indicador de las Grúas en Madrid (y su versión moderna: Idealista)
Variante española del crane index anglosajón. Durante el boom inmobiliario 2003-2007, los periodistas económicos españoles literalmente contaban grúas desde la Castellana o desde la Diagonal. En 2007 había artículos en la prensa nacional citando “más de 700 grúas en el horizonte de Madrid” como prueba de la fortaleza inmobiliaria. Esas mismas grúas predijeron la crisis, naturalmente, porque marcaban el techo del ciclo, pero nadie quiso leerlas así.
Hoy, en la era digital, el indicador ha mutado. Ya no se cuentan grúas: se cuentan anuncios en Idealista. La oferta de pisos disponibles en Idealista por barrio se cita como indicador del mercado. Más anuncios indica mercado parado. Menos anuncios indica mercado caliente. La lógica tiene cierto sentido.
El problema es que Idealista no es el mercado, es un canal. Cuando los inmobiliarios profesionales empiezan a vender por contactos privados sin anunciar (porque las casas vuelan), el indicador colapsa. Cuando salen al canal abierto, parece que el mercado se enfría. Estás midiendo el comportamiento del intermediario, no la realidad subyacente.
Pero como Idealista publica datos abiertos cada mes, la prensa los cita cada mes. Y la política de vivienda se hace, en parte, mirando esos números.
El Indicador del Turista de Litoral
Cada verano, las pernoctaciones hoteleras se interpretan como termómetro económico. Más turistas implica más actividad económica por lo tanto más alegría.
El problema es que miden volumen, no calidad. Un turista alemán de Benidorm que viene tres semanas con la pensión de jubilación gasta una fracción de lo que gasta un turista estadounidense que viene cinco días a un hotel boutique de Madrid. Pero cuentan ambos como “una pernoctación”.
Cuando hay récord de turistas, se celebra. Cuando salen los datos de gasto medio, pasan desapercibidos. El debate público prioriza lo cuantitativo porque genera titulares más simples.
España recibió más de 94 millones de turistas en 2024, con un gasto medio de unos 1.340 euros. Una media útil, pero engañosa: dentro hay realidades radicalmente distintas.

Conclusiones
Si has llegado hasta aquí —y además has leído la serie completa—, te debes un descanso. Y quizá también un poco más de escepticismo ante los titulares económicos.
El patrón es siempre el mismo: un dato medible, una correlación sugerente, una explicación rápida y un público dispuesto a aceptar un titular limpio en lugar de un análisis matizado.
España no es peor que otros países. Tampoco mejor. Pero tiene algo singular: un calendario repleto de celebraciones centradas en la comida y la bebida. Eso produce una abundancia de indicadores estacionales basados en productos con oferta inelástica: besugo, percebes, uvas, roscón, cordero, cava, jamón. Cada uno con su semana de gloria y su titular garantizado.
Si tuviera que apostar por un único indicador económico español verdaderamente bueno, apostaría por el consumo de cemento. Pero no porque sea sofisticado, sino porque es brutal: no se puede falsear, no depende de encuestas, no se construye con ponderaciones. Sale del horno, se vende, se pone en la obra. Cuando hay obra hay economía; cuando no, no. La elegancia de ese indicador es su materialidad.
El resto son, con mayor o menor fortuna, distintas formas de contar la misma historia: cuánto celebramos y cuánto nos costó hacerlo.
Es una buena historia. Conviene no confundirla con una medición.
Nota: Las imágenes de este artículo fueron generadas utilizando un modelo de inteligencia artificial.

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