Opinión

La vanidad del paisaje, o por qué un becario sale a contar grúas a Manhattan – El bestiario de los indicadores económicos absurdos (parte 2)

En la primera entrega vimos cómo se puede medir la economía mirando lo que la gente compra: hamburguesas, calzoncillos, pintalabios, alubias en lata. Esa es la rama del bestiario más conocida y, dentro de su disparate, la más comprensible. Hay cierta lógica detrás: el consumo refleja confianza, y la confianza refleja expectativas económicas. Por estúpido que pueda parecer el ejemplo concreto, el principio general no es absurdo.

En esta segunda parte cambiamos de registro. Aquí los indicadores no se miden contando ventas, sino mirando. No figuradamente, sino literalmente. Mirando faldas en pasarelas, mirando rascacielos en construcción, mirando grúas en el horizonte, mirando lápices de labios en el metro, mirando el aliento del presidente de la Reserva Federal en directo. Es la economía leída como quien lee el vuelo de los pájaros antes de una batalla.

Lo divertido es que algunos de estos indicadores tienen base empírica. Otros no. La línea entre superstición sofisticada y observación válida es, como veremos, sorprendentemente pequeña.

Todas las publicaciones de la serie El bestiario de los indicadores económicos absurdos:

El Índice del Largo de las Faldas (Hemline Index)

George Taylor, economista de Wharton, lo propuso en 1926. La teoría: las faldas se acortan en épocas de bonanza, se alargan en crisis. Su explicación original era que en épocas prósperas las mujeres podían permitirse medias de seda caras y querían enseñarlas, mientras que en crisis las ocultaban bajo faldas largas.

El indicador ha sobrevivido un siglo entero. Cada cierto tiempo aparece un artículo en prensa anglosajona “validándolo” con bases de datos de moda. Los estudios académicos serios (por ejemplo, uno de la Erasmus University de Rotterdam en 2010) encuentran una correlación con desfase temporal de unos tres años, lo cual es básicamente decir que la moda copia a la economía con retraso, no que la prediga.

El indicador tiene además un problema lógico que casi nadie señala: hoy conviven faldas de todos los largos. Mini, midi, maxi, tobillera, todas se venden simultáneamente. Si lo que mide es “longitud media”, el dato es ruido estadístico. Si lo que mide es “tendencia dominante en pasarela”, entonces depende de cuatro diseñadores parisinos y su humor del trimestre.

Aun así, sigue saliendo a colación cada vez que entra una crisis. Casi siempre lo cita un hombre mayor.

El Índice del Rascacielos (Skyscraper Index)

Andrew Lawrence, analista del banco Dresdner Kleinwort, lo propuso en 1999. La teoría: la inauguración del rascacielos más alto del mundo coincide históricamente con el techo de un ciclo económico. Empire State (1931, justo después del crack del 29), World Trade Center (1973, crisis del petróleo), Petronas Towers (1997, crisis asiática), Burj Khalifa (2009, crisis financiera).

La lógica subyacente tiene cierto sentido: cuando el crédito está tan barato que se financian proyectos megalómanos, la economía suele estar sobrecalentada. Pero el indicador convierte una observación general en una ley específica con cuatro datos. Si pruebas con cualquier otro proyecto faraónico —el Canal de Suez, la Sagrada Familia, Eurodisney— puedes obtener correlaciones tan plausibles como las del rascacielos.

Lo divertido es que se sigue citando con la solemnidad de una constante física. Cada vez que se anuncia un rascacielos nuevo “más alto del mundo” en Arabia Saudí o en China, hay analistas que predicen recesión inminente. Cuando esa recesión llega años después por motivos completamente distintos, el indicador “acierta”.

El Índice de las Grúas (Crane Count)

Variante moderna del rascacielos. Consiste en contar literalmente las grúas de construcción visibles en el horizonte de una ciudad. Si hay muchas, la ciudad está en pleno boom inmobiliario y, por tanto, en peligro. Si hay pocas, la ciudad está parada y por tanto recuperable.

Lo practica la empresa Rider Levett Bucknall, que publica un ”Crane Index” trimestral para ciudades norteamericanas con números reales. La metodología es básicamente que un becario sale a la calle a contar grúas. Esto, en una era de imágenes de satélite, sensores urbanos y bases de datos en tiempo real, tiene algo de ritual antropológico. Como si la economía necesitara seguir siendo observada a ojo para resultar creíble. Salvo cuando descubres que algunos gobiernos municipales toman decisiones de política urbana mirando esa cifra.

El Índice del Ancho de Corbata (Tie Width Index)

Propuesto medio en broma en los años 70. La teoría: en épocas de prosperidad las corbatas son anchas (los hombres se permiten más tela y más colorido); en crisis se estrechan. Como las faldas, pero para hombres y, dicho sea de paso, sin ninguna base estadística.

El indicador habría sufrido un problema fatal en el siglo XXI: las corbatas casi no se llevan. Si el ancho medio mide algo, mide la decadencia del uso de corbata, no la economía. Pero claro, eso ya es una correlación, así que técnicamente sigue siendo un indicador.

El Índice del Lápiz de Labios (versión visual)

Variante del índice del pintalabios (Lipstick Index) que analizamos en la primera entrada, pero observacional. Consiste en mirar a las mujeres en el metro o en el centro de Manhattan y contar cuántas llevan los labios pintados de rojo intenso. Si suben los rojos, suben las acciones. Si bajan los rojos, baja el ciclo.

Lo divertido es que esto no es una broma. Hay traders documentados en libros de divulgación que aseguran haber tomado posiciones después de “tres días de muchos rojos en el metro de Brooklyn”. Y haber ganado dinero. La explicación más probable es que el cerebro humano encuentra patrones donde los busca, especialmente cuando lleva una semana enganchado a Bloomberg.

El Índice de la Velocidad del Habla del Presidente de la Fed

No es broma. Existe un estudio publicado en revistas de economía financiera analizando la velocidad del habla de Jerome Powell y sus predecesores en ruedas de prensa como predictor del movimiento futuro de tipos de interés. La metodología consiste en cronometrar palabras por minuto. Encontraron correlación: cuando habla más rápido tiende a haber subidas, cuando habla más lento bajadas.

Es posible que se trate de la única correlación causal real entre las del catálogo. Si Powell habla rápido cuando está nervioso, y está nervioso cuando va a anunciar algo importante, la velocidad sí informa. Pero entonces lo que mides es su estado de ánimo, no el tipo de interés. Y bien podrías sentarte delante de él en la rueda de prensa y mirarle a la cara, que es lo que se hace habitualmente desde hace décadas, antes de que esto se vistiera de paper académico.

Pero ya ni hay que mirar, ahora se puede usar la IA para analizar las expresiones faciales de Powell y concluir que impactan las acciones. Esto consolida el análisis biométrico como una herramienta clave en la econometría moderna. Pero ya no es un indicador. Es otra cosa. Es convertir al banquero central en un activo financiero más, cuya volatilidad se puede explotar en tiempo real. Ya no observas la economía: observas al observador. Y no para entenderla mejor, sino para adelantarte unos milisegundos al resto.

El Índice de la Iluminación Nocturna (Night Lights Index)

Sí, este existe y se publica en revistas serias de macroeconomía. Consiste en medir el brillo de la Tierra de noche desde satélite y correlacionarlo con el PIB regional. Más luces, más economía. Países que no publican datos fiables (Corea del Norte, partes de África) pueden estimar su crecimiento por la luz.

Es ingenioso. También tiene problemas: una ciudad puede iluminarse más porque ha mejorado la red eléctrica, porque ha decidido políticamente iluminar más, porque ha cambiado a LED (que emiten en un espectro distinto), o porque está celebrando el Año Nuevo Chino. Los modelos intentan ajustar todo esto. Como casi siempre, lo que parece una medición física objetiva acaba siendo un modelo lleno de hipótesis discutibles.

Lo que sí es cierto es que la NASA publica imágenes a las que los macroeconomistas con la misma fe con la que otros miraban el hígado de un cordero recién sacrificados.

Conclusiones

Si la primera entrega era la economía leída a través del carrito de la compra, esta segunda ha sido la economía leída a través del paisaje urbano y la antropología observacional. Pero todavía falta el filón más absurdo de todos: los indicadores que predicen el mercado bursátil a partir de eventos que no tienen ninguna relación causal con la economía. Equipos de fútbol americano. Portadas de revistas. Maldiciones en videojuegos. Refranes ingleses sobre cuándo vender acciones.

Lo inquietante no es que existan estos indicadores. Es que, cuando funcionan, lo hacen por razones que nadie entiende del todo. Y eso los hace irresistibles. Es que muchos correlacionan, algunos durante décadas, y los analistas técnicos serios los citan con cara de circunstancias. En la tercera entrega cerramos la serie con los augurios deportivos y las portadas malditas, incluyendo un dato verificado que probablemente te haga replantearte el periodismo económico: The Economist, la revista económica más prestigiosa del planeta, predice mejor el futuro al revés que del derecho.

Nos vemos en la siguiente entrega.

Todas las publicaciones de la serie El bestiario de los indicadores económicos absurdos:

Nota: Las imágenes de este artículo fueron generadas utilizando un modelo de inteligencia artificial.

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Daniel Rodríguez

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