Cualquiera que programe usa la palabra bug a diario para referirse a un fallo en el código. Y casi todos hemos oído la bonita historia de que el término nació cuando una polilla quedó atrapada en un ordenador y alguien la pegó en un cuaderno. Pero ¿es verdad esa historia? ¿La descubrió realmente Grace Hopper? ¿Y fue de verdad el “primer bug” de la informática? La respuesta a las tres preguntas es, más o menos, no. Y ahí está lo interesante.
La versión popular sitúa la escena el 9 de septiembre de 1947. Un equipo de la Universidad de Harvard trabajaba con el Mark II, un enorme computador electromecánico construido para la Marina de los Estados Unidos. La máquina daba problemas, y al rastrear el fallo encontraron al culpable: una polilla atrapada entre los contactos de un relé, que interrumpía la corriente.
Alguien sacó el insecto con unas pinzas, lo pegó con cinta adhesiva en el cuaderno de registro de operaciones y escribió junto a él una anotación que se ha repetido en las aulas de informática desde entonces:
15:45 Relay #70 Panel F (moth) in relay. First actual case of bug being found.
Es decir: primer caso real de un bicho encontrado. La página, con la polilla todavía pegada, se conserva hoy en el Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian, en Washington.
Hasta aquí, la anécdota entrañable. El problema es que casi todos los detalles que la hacen memorable son, como mínimo, discutibles.
El nombre de Grace Hopper, pionera de la computación, creadora de los primeros compiladores y, más tarde, contralmirante de la Marina, está pegado a esta historia con tanta fuerza como la propia polilla al cuaderno. Pero Hopper formaba parte del equipo del Mark II; no fue ella quien encontró el insecto ni quien escribió la anotación. De hecho, ella misma lo aclaró en repetidas ocasiones en entrevistas posteriores. El registro suele atribuirse al técnico de guardia esa tarde.
Lo que ocurrió es más sutil y, en cierto modo, más humano: Hopper contó esta historia durante décadas, con tanto encanto y tantas veces, que el relato acabó perteneciéndole. No la inventó, pero la inmortalizó.
Aquí está la clave de toda la historia, y se esconde en una sola palabra de la nota: actual (“real”). El chiste de “primer caso real de un bicho” solo funciona si la palabra bug ya significaba algo para quien leía la página. Y vaya si lo significaba.
Los ingenieros llevaban décadas llamando bugs a los fallos y dificultades técnicas. Existe una carta de Thomas Edison de 1878 en la que ya se refiere a los bugs como esas pequeñas faltas y dificultades que van apareciendo y que exigen meses de trabajo hasta resolverse. El Oxford English Dictionary recoge la acepción de bug como “defecto o fallo en una máquina” con una cita de finales del siglo XIX.
Cuando el equipo del Mark II pegó la polilla en 1947, el término llevaba alrededor de setenta años circulando por la ingeniería eléctrica. La gracia no era inventar la palabra: era haber encontrado, por una vez, un bug literal.
Para rematar la ironía, conviene mirar al insecto con ojos de entomólogo. Los bugs propiamente dichos son los hemípteros: chinches, cigarras, pulgones. El insecto del Mark II era una polilla, que pertenece a los lepidópteros. Así que el célebre “primer bug de la informática”… no era, en sentido estricto, un bug.
La historia real es la siguiente: la palabra ya existía, no la acuñó Hopper, ella no encontró la polilla, la fecha que se suele citar para el “origen del término” está desfasada décadas respecto a su uso real, y el insecto ni siquiera era del tipo que da nombre a la palabra. Y, pese a todo, la versión mitológica es la que viaja de aula en aula y de artículo en artículo.
¿Por qué? Porque es, sencillamente, mejor historia. Una persona famosa, una máquina legendaria, un insecto diminuto pegado a una página y un chiste de una sola línea que terminó convertido en mito fundacional. Las profesiones necesitan ese tipo de relatos para explicarse a sí mismas, y la informática encontró el suyo en una polilla atrapada en el Panel F.
La moraleja es deliciosamente incómoda: una disciplina que presume de precisión, reproducibilidad y trazabilidad lleva casi ochenta años contando con entusiasmo una versión que falla en casi todos sus datos comprobables. No por mala fe, sino porque el relato perfecto siempre se impone a la nota a pie de página.
La próxima vez que escribas “fixed bug” en un commit, recuerda que estás usando una palabra que Edison ya empleaba antes de que existieran los ordenadores, popularizada por una historia que una de las grandes pioneras de la computación supo contar mejor que nadie, sobre un insecto que ni siquiera era el bicho que le da nombre. Pocas palabras del vocabulario técnico esconden tantas capas de leyenda.
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